sábado, 17 de octubre de 2015

La vida late

No se trata del poema, sino del hombre
y su vida
–la mentida, la herida, la consentida
vida, ganada y perdida y ganada
otra vez.
No se trata del poema, sino del hambre
de vida,
el ansioso pulsar entre constelaciones
y enredos, entre náuseas.
Algunos viajan, van
a Nueva York, a Santiago
de Chile. Otros se quedan
en la Calle de Alfandega, detrás
de mostradores y de ventanillas
Todos te buscan, rayo
de vida, oscuro y claro,
que es más que el agua en la hierba
que el baño en el mar, que el beso
en la boca, más
que la pasión en la cama.
Todos te buscan y solo algunos te hallan.
algunos
te hallan y te pierden.
Otros te hallan y no te reconocen
y hay quienes se pierden por hallarte,
¡oh desatino
oh verdad, oh hambre
de vida!
El amor es difícil
mas puede brillar en cualquier punto de la
ciudad.
Y estamos en la ciudad
bajo las nubes y entre las aguas azules.
La ciudad. Vista desde lo alto
es fabril e imaginaria, se entrega entera
como si estuviese pronta.
Vista desde lo alto
con sus barrios y calles y avenidas, la ciudad
es el refugio del hombre, pertenece a todos y a
nadie.
Pero vista
de cerca,
revela su túrbido presente, su
piel de pánico: las
personas que van y vienen
que entran y salen, que pasan
sin reír, sin hablar, entre pitos y gases. Ah, la
oscura
sangre urbana
movida por intereses.
Son personas que pasan sin hablar
y están llenas de voces
y ruinas. ¿Eres Antonio
eres Francisco eres Mariana?
¿Dónde escondiste el verde
resplandor de los días? ¿Dónde
escondiste la vida
que en tu mirada se apaga apenas encendida?
Y pasamos
cargados de flores sofocadas.
Pero, adentro, en el corazón
yo sé,
la vida late. Subterránea,
la vida late.
En Caracas, en Harlem, en Nueva Delhi,
bajo las penas de la ley,
en tu pulso
la vida late.
Y es esa esperanza clandestina
mezclada con la sal del mar
que me sustenta
esta tarde
apoyado en la ventana de mi cuarto en Ipanema,
en América Latina.
 Ferreira Gullar

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